
Primero quiero apuntar que no todo lo hecho en casa tiene que ser bueno, sólo por el hecho de ser venezolano. Tiene que haber espacio para la discusión y la crítica, que son las que favorecen el desarrollo y la evolución de cualquier institución. En este caso, el cine.
Cuando se acabó La Hora Cero me quedé pensando, lidiando con una serie de pensamientos y sentimientos encontrados. No pude menos que preocuparme por el hecho de que, actualmente, nos estemos riendo tan fácilmente de nuestra propia desgracia.
Quizás Velasco no coincida conmigo, pero tengo la impresión de que la película es una crítica, a ratos exagerada, a nuestra cultura, nuestro actuar. En fin, a nuestra situación y sus absurdos. A esta contemporaneidad venezolana que, por compleja, por momentos impide entender el momento histórico que vivimos y, por consiguiente, lo que puede estar por venir.
La Hora Cero, en principio, parece colocarnos en un lugar interesante para pensar, para luego comenzar a repartir culpas a diestra y siniestra. En la trama, todo el mundo es culpable de algo. Si algo nos ha enseñado el cine independiente norteamericano es que, al final del día, nadie está del todo libre de culpa. Venezuela no es la excepción: el malandro del barrio es tan culpable como el malandro de paltó y corbata coleado en la política. Esa es parte constitutiva de nuestra verdad, de nuestra historia, y la película, precisamente, abre el espacio para pensar en esos términos. Sin embargo, como bien dijo mi amigo Carlos Peláez, el público en las salas parece estar más pendiente de reír a carcajadas con cada grosería que se dice.
A pesar de lo que se escucha en la calle, esta no es una película cómica. Deriva de la escuela de Tarantino, de Guy Ritchie, pero en ningún momento los alcanza. Tiene mucho de humor barato, sencillo, evidente, que procura ser crítico sin llegar a oscurecerse. No logra ser reflexivo porque peca de superficial, de reiterativo. Una sobrecarga de chistes predisponen al espectador a reirse casi automáticamente, opacando lo que, aparentemente, es en el fondo el verdadero mensaje de la película. Sin comentarios la versión malandra del éxito del Puma.
La crítica a los medios de comunicación, hecha evidente en la aparente parodia al programa 3 para las 9 es clave en la historia. Allí se genera la atmósfera de sospecha, de manipulación, de tensión del poder que se crea en la pantalla chica. Es el retrato de una inclemente competencia, búsqueda y forja de la noticia, de la creación de personajes a los que se lleva a la cima para luego dejarlos mal parados en cuestión de segundos. Es la mano mediática (privada o pública), tantas veces vista detrás de la manipulación de la opinión de la ciudadanía.
Por otro lado, se asoman los intereses detrás del poder. El político barato que se hace eco de una problemática colectiva únicamente cuando hay una necesidad personal. La corrupción sin tapujos. Es una critica lógica. Sí, eso ocurre en Venezuela. Ocurre en el resto del mundo. Sin embargo, hay otras maneras menos predecibles de resolver la trama, y darle un mejor giro dramático, si la idea es no caer en lo lineal.
Ya basta de enaltecer la figura del asesino. Vivimos en un país en el que la inseguridad es protagonista, y el cine venezolano parece estar empeñado en vendernos la idea de que el hombre armado, disfrazado de Robin Hood, es chévere, es lo que nos da risa, es quien nos divierte, y a quien debemos constantemente comprender y recomprender, porque el malandro no nació malandro, porque tuvo una infancia problemática y porque al final de sus días quiere rectificar. Ojo con eso. Es una problemática social que tampoco es tan sencilla. Reducirlo al argumento freudiano de la infancia compleja no es, hoy en día, una tesis del todo plausible.
Es preciso comenzar a desligarse de los clichés. Los estereotipos presentados a ratos rayan en lo absurdo. La miss homosexual que se opera los senos, el camarógrafo marihuanero, la reportera que levanta para conseguir la entrevista. Clichés que si bien obedecen a pesonajes que podríamos reconocer como típicamente venezolanos, no ayudan a construir personajes menos unidimensionales.
Si bien la temática es la misma a la que estamos acostumbrados a ver en el cine nacional, La Hora Cero representa un paso más adelante, cinematográficamente hablando. Hay un claro esfuerzo en la dirección, logrando la atención del espectador con interesantes tomas de acción poco vistas en casa. Las actuaciones tienen sus bajones: la de los malandros salva la interpretación novelesca y alejada del cine creíble que presentan Marisa Román y su combo de televisión.
No se justifica la respuesta automática que reza que “es que esta es nuestra realidad”. La realidad venezolana no es únicamente la del barrio, el criminal y la violencia. Hay otros aspectos en la vida del venezolano que pueden ser retratados en una película. Ya se está haciendo tedioso ir a ver siempre lo mismo. La historia la conocemos.
La película no es mala, pero los invito a reflexionarla. Rían si les parece pertinente (no soy un verdugo de la comedia liberal), pero piénsenla después. Allá abajo los comentarios y a debatir.
RFC
“el malandro del barrio es tan culpable como el malandro de paltó y corbata coleado en la política” – Excelente.
ResponderEliminarHubiera sido más indulgente que tú en tu crítica, aunque razón no te falta en muchos de tus argumentos. Hay que tener cuidado con el malandro Robbin Hood y analizar a ese espectador vacío que se limita a reirse de él. Parecen olvidar que entre chistes y bailes del puma el malandro cómico va acabando vidas.
Yo aplaudo esta película. Es una excelente crítica social. Nos critica a todos, desde el peculiar personaje que escribió el primer comentario cargado de intolerancia aquí arriba hasta nuestra sobrevalorada dirigencia política. Nadie se salva.
Felicitaciones a todo el equipo de La Hora Cero!