lunes, 1 de noviembre de 2010

Subhysteria: el absurdo en un vagón


La opera prima de Leonard Zelig llega a Venezuela para mostrar lo que se puede hacer sin presupuesto y sin guión. Es un proyecto arriesgado que posiblemente, y gracias a su campaña publicitaria, podría haber salido airoso, pero no fue el caso.

Ya el cine nos tiene acostumbrados al género guerrilla, gracias a “El Proyecto de la Bruja de Blair”, “REC”, “Open Water” o “Paranormal Activity”, cintas de terror postmoderno que con muy bajo presupuesto alcanzan altos niveles de taquilla.

SubHysteria, desde hace meses, nos venía prometiendo demasiado. Un grupo de actores, utilizando la técnica improv, con un pequeño guión que sólo marcaba un inicio y un final, se supone lograrían recrear el comportamiento humano ante una situación no cotidiana: el encierro imprevisto.

El cine de suspenso cambió después del 9/11. La paranoia terrorista está presente indirectamente en todo lo que se ha venido desarrollando desde entonces. Es precisamente en esto lo que piensa el espectador durante los primeros 10 minutos de SubHysteria, aún sin saber la razón real del drama que sufren los protagonistas dentro del metro de Nueva York.

Una vez encerradas las 16 personas en el vagón, comienza una especie de fiesta surreal que, en ningún momento, se adapta a la situación que se supone está transcurriendo. A medida que las horas van pasando –sin sentido orgánico alguno del tiempo–, las botellas de licor, lo mismo que las drogas, se van sirviendo en bandeja, como si de un experimento entre amigos se tratase. Incluso después de casi 10 horas de encierro, los participantes no parecen caer aún en cuenta de lo que ocurre a su alrededor.

En ningún momento llega la esperada histeria colectiva, ni el instinto de supervivencia activa la necesidad de los involucrados de actuar como individuos y no como grupo. Episodios aislados, llevados por determinados personajes que obligan al espectador a regresar de nuevo a la situación desesperada y mortal que están viviendo, se esfuman a los pocos segundos de manera violenta con diálogos banales, al propio estilo de Tarantino, que en este caso entran a la fuerza en una historia en la que no calzan del todo.

A medida que transcurre el tiempo surreal, inorgánico, desvinculado de la temporalidad humana, unos flashbacks nos van mostrando la vida cotidiana de cada uno de los personajes. El problema está en que, salvo dos o tres excepciones, estos pequeños segmentos no terminan de justificar ni su actitud ni sus acciones.

La película termina rematada con un final quizás buscado, pero no convincente, dándole protagonismo a un personaje que nunca lo tuvo, en un acto innecesario, y en desacuerdo con las actitudes o diálogos mostrados a lo largo de la hora y media de película.

La cinta está sobrecargada de planos arriesgados, que en muchos casos ciertamente apoyan las intenciones del director, pero el problema está en el uso excesivo del slow motion, que hace que el espectador pierda el sentido de desespero que se trata de mostrar en determinados momentos.

En cuanto a las actuaciones, mérito aparte y merecido para la estadounidense Estelle Bajou, quien dentro de la improvisación, fue quien se mantuvo realmente apegada a la situación que estaban viviendo.

Por otro lado, hubo actuaciones convincentes como la del indio Lavrenti Lopes, quien buscó relacionarse en todo momento con el pulso del sentimiento grupal, o del italiano Tommaso Matelli, quien desde el comienzo desarrolló a cabalidad su personaje.

Entre los cuatro venezolanos que participan, resalta Rebeca Alemán cumpliendo con un papel obsesivo-compulsivo que realiza con contundencia, dejando opacada por completa la aparición de los otros tres, que resultan completamente nulos para la historia. Pareciera ser que los venezolanos necesitaran gritar y sobreactuar dentro de la improvisación para hacerse notar, creando una interpretación que termina por rozar las fronteras de lo ridículo.

Es bien conocido que al venezolano le gusta la fiesta, pero un baile flamenco en un vagón de metro, tras 25 horas de encierro, es completamente irreal. Por otro lado, pareciera ser ya un lugar común la necesidad de mostrar lo peor de la venezolanidad en el extranjero: un grupo de criollos llega a Nueva York, sin tener idea de cómo montarse en un metro, y una vez que llegan a un restaurant se dedican a gritar y hablar sin sentido lógico.

Como dije al principio, esta película fue un riesgo que valió la pena correr. Muchos aspectos de la cinta que son rescatables, y a pesar de que no cumplió con todas las expectativas, marca un comienzo en la nueva era del cine venezolano.

RFC

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